Cuando la multitud hoy muda, resuene como océano.

Louise Michel. 1871

¿Quién eres tú, muchacha sugestiva como el misterio y salvaje como el instinto?

Soy la anarquía


Émile Armand

viernes, febrero 23

Consideraciones en torno al agotamiento del acuífero del Mediterráneo, en la Plana Baixa

En los años 60´s comenzó la explotación industrial en la agricultura, mediante la aplicación del saber especializado de la técnica y la química. Pronto este modelo –de crecimiento ilimitado- se había impuesto ante las diferentes formas de producción agrícola. Este proceso industrial -despilfarrador y extractista del territorio- con el paso de los años está mostrando su cara menos amable con consecuencias tan desastrosas  como el agotamiento de las tierras de cultivo, de las materias primas y del agua. Y con otras consecuencias sociales derivadas de la introducción de tecnologías poco convenientes para el medio natural y que degradan la tarea productiva.

Una muestra, la tenemos, en el agua que contiene el subsuelo de las huertas de Vall d´Uxo [1] junto al rio Belcaire. El agua dulce que contenía su acuífero ha sido trabucada por agua salada, por su sobre-explotación y su expulsión. La paradoja no acaba aquí y adquiere tintes delirantes cuando, Coca-Cola -la multinacional más derrochadora de agua dulce del planeta- dice que reflotará el acuífero mediante su programa  de “Cítricos Sostenibles”. En un claro intento de tratarnos como imbéciles, ya que este programa es solo una táctica de limpieza de imagen  para su ampliación sectorial, y encubridora, al eliminar toda contestación ecologista hacia su empresa y su marca.

La industrialización y la petrolización en la agricultura es la forma más rápida de lucro sobre el terreno, al mismo tiempo que el ejercicio más perjudicial para el medio ambiente. Este es uno de tantos ejemplos que muestran las consecuencias de este proceso, bajo la mascara teatralizada de la defensa medioambiental. El hecho de que el acuífero perteneciente al río Belcaire y sus aguas subterráneas se hayan convertido en agua salada es un problema, extendido y similar en toda la vertiente mediterránea, en más o menor  intensidad. Los problemas de esta situación derivan en diferentes amenazas; por un lado el elevado vertido de productos químicos derivados del petróleo -utilizados en la agricultura- que acaban en el subsuelo y que ha contaminado el líquido por filtración, y por otro, el problema ya conocido de sobre-explotación de los acuíferos, agravado por  la ley natural de vasos comunicantes que ha rellenado el acuífero de agua salada. Hace años ya hubieron señales de peligro pero todos miraron a otro lado, por la mentalidad economicista y lucrativa. Fue cuando las instituciones decidieron que el agua no podía ser potable al contener un 2% de sal, pero el proceso continuo hasta llegar al 100% de salinización.  ¿Y ahora toma la iniciativa una multinacional exportadora de agua?

La demandada abundante de agua dulce es causada por la ampliación de terrenos para el cultivo de regadío, en unos que anteriormente eran de secano (almendro, olivo y algarrobo)  o simplemente, montañas de roca y vegetación silvestre. Esto ocurrió sobre la zona de la Plana Baixa y casi toda cuenca mediterránea, a partir de los 60´s y trasformó profundamente el paisaje para explotarlo económicamente. Al mismo tiempo fue lanzada la campaña de exportación del cítrico español hacia la Europa. La agroindustria  campaba a sus anchas y con ella las grandes cantidades de demanda de agua. La exportación de productos agrícolas conlleva un aumento de la producción y de trasvase de agua. Aunque a primera vista parece superfluo, si nos vamos a los datos, son 4 millones de litros los llevados a Europa desde la costa mediterránea año tras año. [2] Además del excesivo gasto de agua, también está el peligro de su putrefacción, causada por la contaminación de las tierras de su propia cuenca hidrográfica. Esta contaminación proviene del laboreo de sus las tierras, por el uso y abuso de sulfatos, de abonos nitrogenados, plaguicidas y vertido de venenos sobre el suelo. En la cabecera de la balsa de regadío se mezclan los venenos con el agua para su distribución por el riego a goteo, unido a la costumbre de pulverizar todos los días y a toda hora, sin ningún miramiento sobre los problemas que ocasionan en el medio y el terreno.

Ahora que el acuífero y el agua del subsuelo de la Vall d´Uxo está completamente salada, la Administración, la Universidad, las empresas público-privadas químicas y Coca-Cola, nos dicen que gracias a sus análisis van a reflotar el acuífero y ahorrar la cantidad de agua para riego. El procedimiento le llaman “Cítricos Sostenibles”un proceso pionero de recarga artificial de agua dulce que se inyecta de nuevo al acuífero, sacada de otros acuíferos cercanos y de agua residual de la población.  El negocio es redondo y perpetúa el peligro de otros acuíferos a sufrir las mismas consecuencias. El proyecto toma los cítricos de los agricultores para la supervisión; a los técnicos de la universidad y sus satélites empresariales; la financiación del Estado; y la multinacional Coca cola, que es la gestora

En la página web de la citada multinacional nos avanza que “la meta es ahorrar durante los dos próximos años alrededor de 800 millones de litros de agua, lo que equivale al contenido de 320 piscinas olímpicas”. [3] Nada más y nada menos. Cuando la forma de ahorrar agua, es disminuir la cantidad en su uso, y para ello reducir la extensión de cultivo de regadío. Entre otras cosas, volver al cultivo autóctono del territorio y acorde a la pluviometría y la riqueza de la tierra. En toda la vertiente mediterránea el cultivo es el olivo, almendro y algarrobo... Son los arboles poco demandantes de agua y de venenos, y que al mismo tiempo nos definen la vegetación de la cuenca de Mediterráneo.

La multinacional y su fundación Coca Cola quedan bien paradas. La fundación dona una gran cantidad de dinero a un buen número de asociaciones, entre ellas las  ecologistas, y con ello silencia todo tipo de posibles denuncias relacionadas con la actividad de la empresa, ver tabla [4]. Además la trama de las fundaciones beneficia a la mutinacional ya que cotizan menos impuestos que las empresas. Todas estas jugadas empresariales son un lavado de imagen, que esconde otras agresiones que ha realizado la empresa sobre el territorio, quedando silenciadas, como la sobreexplotación de acuíferos que realizó en El Salvador que dejó a 30.000 personas sin el agua necesaria para vivir.

 “Cítricos Sostenibles”, contiene palabras y lemas biensonantes aunque de ambiguo contenido, al decirnos que es “una iniciativa que busca mejorar la competitividad y sostenibilidad de la producción de cítricos en España mediante el impulso de la fertirrigación eficiente (fertilización y riego) en zonas sometidas a estrés hídrico.” El capitalismo verde ha llegado hasta para la Coca Cola, que con el beneplácito municipal va a poner en marcha nuevas formas de lucro. Mientras lo único que podría mitigar el drama sería eliminar todo cultivo perjudicial para el territorio en su más amplia expresión. La sobre-explotación de acuíferos y fuentes naturales tiene consecuencia desastrosas en el territorio. En nuestra comarca tuvimos una amenaza en la misma línea planteada con la instalación de la empresa DAFSA, que los vecinos no fuimos capaces de frenar y cuyas consecuencias todavía no se han analizado seriamente.


Alfonso Soler colaborador de El Eco del Palancia

Notas
[1] https://elpais.com/ccaa/2017/10/27/valencia/1509116224_088202.html  
[2] http://www.agronegocios.es/digital/files/planstar/Sanfeliu_pstar_citricos_valencia.pdf
[3]  https://www.cocacolaespana.es/historias/acuiferos-castellon
[4] http://www.coca-colacompany.com/content/dam/journey/us/en/private/fileassets/pdf/our-company/2015-PIDC-Contributions-Report.pdf

martes, febrero 20

"¿Y qué pasa con lxs matarifes?"

Durante el programa de La Sexta, “Salvados” acerca de la industria ganadera, se mencionó la explotación laboral que sufren los matarifes. Incluso se entrevisto a una de sus líderes que entre otras lindezas dijo (lo escribo de memoria, así que quizás no sea exacta y minuciosamente las palabras que uso. O quizás sí. Lo que esta claro es que si no fueron estas fueron unas muy similares ya que se me quedaron grabadas): “A mi me encanta el cuchillo. Me encanta. Me encanta clavarlo, descuartizar. Tú me das un cerdo o una vaca y te hago un muñeco de nieve” expresiones a todas luces de una psicópata, sin ningún tipo de empatía o solidaridad con sus víctimas. Incapaz de ponerse en su lugar, de sentir el sufrimiento y el dolor ajeno. Incluso regocijándose en sus matanzas y crueldades. ¿Que pasaría si esas respuestas fueran al verdugo de víctimas humanas? A cualquier criminal de guerra, o asesino en serie… Si ves diferencias, es ahí donde empieza el especismo. La discriminación arbitraria hacia otros, desde una perspectiva supremacista por el simple hecho de no ser como el verdugo. Nunca sabremos si estas psicopatías ya vinieron con la entrevistada o nacieron a raíz de pasar tantas horas, días, quizás años, en los campos de concentración de animales no humanos. Por el contrario, conozco casos de personas que han tenido que “trabajar” (?¿) en esos lugares, y han abandonado todo, se han hecho vegans e incluso han montado un santuario animal y dedican toda su vida en la defensa de los animales a raíz de los horrores que tuvieron que presenciar.

En cualquier caso, está claro que en esos campos de concentración también llamados mataderos, a quienes esclavizan, torturan descuartizan y asesinan son a los no humanos. Que no digo que sus verdugos, que al fin y al cabo no son mas que el último eslabón de una cadena cruel, psicópata y asesina, no sufran explotación laboral, no se si mas o menos que el cualquier otro lugar donde priman las ganancias económicas por encima de todo. Lo que sinceramente me cuesta imaginar es que en el momento de la liberación de los campos de concentración nazis, por ejemplo, alguien dijera: “joder, si estamos mas preocupados de como sufrían las víctimas de los campos: judios, homosexuales, rojos y anarquistas, vagabundos, gitanos,… que los pobres jóvenes soldados nazis, obligados a trabajar en esas condiciones” o “¿Los campos de concentración? ¿El sufrimiento y la matanza que se viven dentro? ¿Y que me dices de los verdugos, de los soldados nazis, y la explotación laboral que sufren?.” Estamos de acuerdo en que no solo sería absurdo sin necesidad de negar la explotación que pudieron sufrir en algún momento los jóvenes alemanes obligados a ser soldados del III Reich, sino que comentarios de ese tipo serían extremadamente crueles y ofensivos. Igualmente me costaría mucho empatizar con algún líder de esos nazis cuando al preguntarle si le gusta lo que hace en los campos de concentración respondiera “A mi me encanta el cuchillo. Me encanta. Me encanta clavarlo, descuartizar. Tu me das un judio o un homosexual y te hago un muñeco de nieve” incluso aludiendo a posibles problemas mentales que haya desarrollado al vivir el holocausto.

Tenemos el especismo, la discriminación y el supremacismo muy arraigado profundamente en nuestras mentes. Hasta tal extremo de ser capaces de empatizar mas con verdugos que con víctimas, “porque son de mi misma especie (aquí igualmente podrías cambiar especie por genero, etnia, condición sexual,…)” Pero igual que somos capaces de ver y luchar contra otras discriminaciones que no siempre llevan a generar tanta opresión y terror como el especismo hacia sus víctimas, debemos perder el miedo a deshacernos de nuestros privilegios, ponernos en el lugar de las víctimas, y luchar contra la opresión, aunque no nos afecte a nosotras directamente. Si solo luchamos contra aquello que nos afecta negativamente directamente a nosotras, no es solidaridad, ni estamos llevados por ideales revolucionarios, sino es egoísmo e interés personales puro y duro. Y mas cuando somos capaces de solidarizarnos antes con verdugos que con quienes son claramente las víctimas de todo esto.


sábado, febrero 17

Primera puñalada al nacionalismo

Ya disponible la primera parte de esta colección recopilatoria de textos anarquistas contra el nacionalismo. En el primer número, podéis encontrar los siguientes textos:

-Patria y humanidad

-La patria

-El nacionalismo como relegión política

-Multiculturalismo, capitalismo y nacionalismo

-Espacio, territorio y cultura

-Nación y nacionalismo: el atractivo manjar envenenado

-Extractos de “El persistente atractivo del nacionalismo” de Fredy Perlman

-Diferencias entre nacionalismo y anarquismo

-Cataluña dentro del movimiento populista

-Algunas consideraciones sobre la situación actual en Cataluña y la actuación de las anarquistas

-Sobre el procés, patria, independencia y estado

Podéis descargar de aquí http://contramadriz.espivblogs.net/files/2018/01/primera-pu%C3%B1alada-al-nacionalismoFIN1.pdf el PDF o encontrarlo en distribuidoras, locales y centros sociales de diversos puntos del Estado. Su precio de venta al público es de 2 euros, siendo 1,5 el precio de venta a distribuidoras. Para realizar pedidos (o mandar propuestas de textos para futuros números) escribir al siguiente correo: grupotension@inventati.org

miércoles, febrero 14

El sermón de Bilderberg


Bienaventurados los mansos televidentes,
los desdentados sentados a la mesa de la precariedad,
los que con la papeleta en la mano nunca dudan
y votan a quien el televisor les ha dicho que hay que votar.

Bienaventurados los que callan en la calle,
los que no hacen preguntas,
los que viven en un anuncio de publicidad.

Bienaventurados los que distinguen un terrorista de un economista,
los que nunca vieron una pelota de goma,
los que con los guantes puestos hablan de paz.

Bienaventurados los que conducen a doscientos,
los que arrasan la Tierra y previenen el cambio climático
construyendo campos de golf, para que esté todo más verde,
que la muerte nos coja en bañador.

Bienaventurados los reyes, los comisionistas,
políticos y banqueros terroristas,
los que miran en su asiento desde un piso 33,
los sedientos de tu bolsa y su 4%,
los que viven en el IBEX sin dolor y a todo tren.

Bienaventurados los bien cebados con chalets regalados,
los alcaldes engordados por mi amigo constructor,
los políticos adosados al mito de que ahora
al patrono explotador se le llama emprendedor.

Bienaventurados los que ríen en las revistas a color,
los que no tienen corazón, los todólogos tertulianos,
mercenarios y sicarios al servicio del mercado,
te convierten en tarado y te dicen, de rodillas,
yo cocino tu tortilla, te has quedado sin alternativas,
pues ya sabemos que con la izquierda todo nos irá peor.

Bienaventurados los presos de la fábrica de montaje,
la cadena perpetua, el salario fordista revisable,
los amordazados sin ley mordaza,
los demócratas, los patriotas, los tristes pelotas del santo capital.

Bienaventurado mi Iphon que me protegerá
de las grasas saturadas, de las patas de gallo,
de Kropotkin, de Kierkegaard, de Juvenal,
qué digo, de la próxima reforma laboral.

Bienaventurada la prima de riesgo, las centrales nucleares,
los episodios de fuga silenciados a raudales,
el rocío, las faldas de lunares,
el polvo, el camino peregrino
por la raya de farlopa, viva Europa,
que a Sevilla la corrupción la galopa
del político al rociero pasando por el pelota.

Bienaventuradas las mordidas, las corbatas bendecidas,
las mulatas, las chaquetas,
los equipos, sus camisetas, con letreros vanguardistas
promocionados por Estados terroristas,
porque aquí lo que sobra son pacifistas extremistas,
leyes y agujeros para que se den los baños
los ríos de los dineros
y en paraíso fiscal tome el sol el futbolero
y al trullo, por capullo, el titiritero.

Bienaventurada la mujer en la orgía capitalista,
las violaciones masivas, por activa y por pasiva,
la guerra que no entienden
los que viven pensando en diciembre,
pero participan
por la paga y por el humo,

yo de aquí ahora me esfumo, saturado, empalagado,
el consumo nos consume, nos encoje, nos destruye,
nos embarca en una sucia vida suicida,
triste, opaca, yo te digo, ven, escapa, huye.

Alegraos, regocijaos, saltad de gozo, están con vosotros
el Imperio del mercado y el fascismo de baja intensidad,
y de este modo os seguiremos adormeciendo, susurrando,
hasta el día del juicio final.


Antonio Orihuela. Pelar cebolla. Este. Amargord. 2017

domingo, febrero 11

Funciones de la cárcel (I)

En el artículo anterior de la serie de temática carcelaria se explicó que la cárcel había surgido principalmente como un instrumento de encierro de los pobres redundantes y más o menos desligada de la lucha contra la delincuencia (autores como Foucault sostienen precisamente que la cárcel desempeña un papel fundamental en la emergencia de “la delincuencia” como algo distinto a la suma de delitos). No obstante, una institución puede sobrevivir a sus funciones originales, y renovarse. Es decir, una vez inventada la cárcel –por X motivos- se le añaden funciones o se transforman. Así parece que pasó: las cárceles se crearon para encerrar a los pobres y, una vez en marcha, se pensó que podía ser útil en la prevención de la delincuencia.

[Es un buen momento para recordar que no podemos extendernos mucho aquí, por la naturaleza del foro, y que necesariamente hay que simplificar cuestiones complejas y que admiten matices]

Esta prevención de la delincuencia se viene entendiendo que puede hacerse de dos formas, llamadas general y especial. Dicho de otra manera, todos a la vez o uno por uno. Se entiende que la existencia de la cárcel nos achanta, y que por no ir ahí no delinquiremos. Se entiende que la estancia en la cárcel nos trasforma, y que por haber estado ahí no delinquiremos. Para que lo primero sea efectivo, la cárcel tiene que ser terrible y dar miedo. Para que lo segundo sea efectivo, la cárcel tiene que ser amable y dar herramientas. Parece complicado hacer las dos cosas a la vez, y aun así se le exige que haga las dos.

No es mi intención entrar aquí en la efectividad de la cárcel para dichas misiones (los estudios, en general, muestra que es baja en ambas –ni previenen mucho ni rehabilita mucho). Lo que me interesa señalar es que la cárcel se trata de una institución con más de una función y que, al ser algunas de ellas incompatibles, genera contradicciones y tensiones en su funcionamiento –así como en su comprensión-.

Lo primero, lo que aprendemos primero: si haces algo malo, irás a la cárcel. Esta idea de la cárcel como castigo, como retribución, por un acto malo, es fundamental. Lo es, entre otras cosas, porque en ella ya se ven las primeras ambivalencias e imprecisiones en una política pública que debería de ser precisa en los objetivos que busca. Como se ha dicho, se busca que la existencia de este castigo disuada a la gente para que no delinca. Aun cuando se ha demostrado que, en gran medida, apenas tiene un efecto preventivo en la mayoría de la delincuencia –que es leve y no planificada-, se recurre a la idea de puro castigo, de venganza, de expiación. Sin más, se pasa de pedirle un objetivo racional a pedirle que satisfaga una inquietud emocional –el sentimiento de injusticia, de que eso “no puede ser”, de que el que la hace, la tiene que pagar-. Por otro lado, los políticos hacen de la cárcel un sitio opaco, sin control público ni apenas publicación de datos. Así cuesta un poco ver cómo va a dar miedo la cárcel. A tal punto llega el desconocimiento que es habitual escuchar que en la cárcel se está como en un hotel –curioso que ninguna de estas personas se vayan en verano a la cárcel, con su comida gratis y su piscina para 1000 personas dos horas al día, dos días a la semana, 3 meses al año).

Por otro lado, y aquí se ve claramente con la gente condenada por delitos sexuales, se acepta que, aunque no se vaya a rehabilitar –cosa que los datos ponen en duda-, así por lo menos no delinque mientras está en la cárcel. Se trataría, pues, de incapacitar a esa persona para que sea un peligro para la sociedad (¿un ladrón es un peligro para la sociedad o para los que tienen propiedades?). Esta función parece efectiva, aunque no importe si esa persona sigue delinquiendo dentro de la cárcel. Esta cuestión es fundamental a la hora de esforzarse porque no haya fugas en las prisiones.

No obstante, junto a estas tareas, a la cárcel se le añadió la de rehabilitar. Se trata de hacer de la cárcel algo útil, y ya que va a tener a gente encerrada durante años, aprovechar el tiempo y darle a los presos oportunidades que tal vez fuera no tuvieron: educación, formación profesional, apoyo psicológico y legal, etc. La idea no es premiar a los delincuentes, sino evitar que vuelvan a delinquir. Se busca así evitar la reincidencia y proporcionar un castigo más “humano” (yo aún no sé qué significa esto, pero orienta muchas de las medidas concretas que se adoptan).

En el día a día de las cárceles, esto se ve en la división del personal entre prevención y tratamiento. A unos les importa que los presos no se escapen y cumplan el reglamento. A los otros que el preso pueda mejorar sus capacidades personales y sociales. Por hacerse una idea, en España en torno al 70% del personal se dedica a tareas de vigilancia, y el 15% a actividades de tratamiento. Se hacen las tres cosas, pero parece que hay prioridades entre las distintas funciones.

Un caso claro de cómo están presentes estas tres lógicas es el de la cadena perpetua. La cadena perpetua no tiene mayor efecto preventivo que una pena de 20 años, pero sí un efecto incapacitador mayor: “que no vuelva a salir en su puta vida” es una frase que todos hemos oído refiriéndose a un delincuente, y connota dos cosas ya señaladas: una parte emotiva que busca castigo como forma de venganza, y otra en la que se asume que así, por lo menos, no va a seguir poniéndonos al resto en peligro. No obstante, se elimina la capacidad de rehabilitación (o, incluso, de salir a la calle aunque se esté rehabilitado). Cuando en un país, como España, la rehabilitación es un mandato constitucional (“principio inspirador”, una vez que el Tribunal Constitucional corrige lo que los españoles votaron en referéndum…), se pone en duda la legalidad de este tipo de pena. Otro tema es cómo consigue ponerse en duda algo sobre lo que cabe poca duda.

En fin, sin hacer un comentario mínimamente justo sobre el caso actual en España (basta con buscar en Google y se encontrarán multitud de opiniones más informadas que la mía), la cadena perpetua en España ya existía de facto (penas máximas de 40 años, con una edad media de ingreso en prisión de 25-30 años). De hecho, se da la circunstancia por la que personas ya condenadas a delitos graves puede que pidan esta “cadena perpetua revisable”, pues así, por lo menos, a los 25 años alguien revisará su caso, mientras que actualmente hasta los 35 años no tienen acceso ni a un permiso de fin de semana. Además, los políticos reforman el Código penal más de una vez al año de media, por lo que cuesta imaginar la vigencia –o si quiera la forma- que éste tendrá dentro de 25 años. Es una medida que difícilmente se le podrá aplicar a alguien, pero con mucha importancia simbólica (“vamos a manteneros a salvo de esos peligros sobre los que, realmente, no podemos hacer nada, porque somos 45 millones de personas y no podemos controlar a todos los individuos”).

[Por supuesto, la rehabilitación es muy criticable, como lo es la incapacitación, pero no hay sitio aquí para discutirlos merecidamente]

A pesar del revuelto de ideas, debería quedar claro que la cárcel cumple varias funciones a la vez, y que son incompatibles entre ellas, por lo cual no cumple ninguna de ellas satisfactoriamente. Cabe preguntarse, entonces, cómo es que ha tenido tanto éxito, cómo es que se ha extendido por casi todo el mundo, y cómo es que ha desplazado a otro tipo de sanciones penales.

En la próxima entrada, en vez de señalar las funciones declaradas de la cárcel, tal y como aparecen en la filosofía de las penas, o en los manuales de Derecho, explicaré otro tipo de funciones que cumple (no declaradas, no previstas) pero igual o más importantes que estas tres para entender esta institución.
Artículo de Ignacio González Sánchez, publicado originalmente en 2015 en:  


jueves, febrero 8

Aparente debilidad, gran fortaleza del anarquismo

El anarquismo, nos esforzamos en afirmar de forma pertinaz, no está muerto ni anuncia, afortunadamente, fecha de defunción. Es cierto que sus limites, en forma de 'movimiento' o cómo queramos denominarlo, son difusos y cuesta a veces reconocerlo y no claudicar o frustrarse en su peculiar universo, lastrado ante el empuje de ciertos condicionantes externos.

Sin embargo, ya sea en forma de propuestas políticas y éticas, ambas tan fusionadas, o como una filosofía existencial, tan sencilla y tan compleja como reza la máxima de "no dominar ni ser dominado", acabamos seducidos e ilusionados por unas ideas, que estamos seguros son la gran esperanza para la humanidad. Las únicas ideas que, en su praxis, no han acabado adaptadas a un mezquino entorno, como otras mutando y claudicando a la vez. Es, si se quiere, cierta paradoja: el movimiento que pretende y promueve el anarquismo supone también no cambiar en lo fundamental: un mundo libre y solidario pleno de autonomía. El anarquismo, o anarquismos, no es tampoco una utopía ni un bonito recuerdo propio de un museo, ya que su corpus histórico, en el que puede reflejarse su presente y su futuro mediante la continua creatividad y el rechazo de dogmas, supone una realidad social, política y cultural espectacular. No hay reduccionismo ni monopolio en las ideas libertarias, únicamente no existe colaboracionismo ni claudicación ante el poder y la dominación, propios de doctrinas cerradas y construidas de una vez para siempre. El anarquismo es una continua y permanente lucha por la libertad y la autonomía, aunque a veces como seres humanos condicionados y moldeados nos cueste un enorme esfuerzo reconocerlas.

No es cosa de un mundo posmoderno, el de esta especie de etéreos contornos de las ideas anarquistas. Si echamos un vistazo a su historia, comprobamos que no existe teoría única, fija ni constante. Hay quien lo ha señalado como cierta debilidad ideológica, nosotros sabemos que se trata de una de sus grandes fortalezas: la capacidad para albergar propuestas diversas e incluso opuestas. Es más, esa supuesta debilidad teórica, en un mundo plagado de dogmas, es en realidad una de sus grandes fortalezas prácticas (o, al menos, su gran potencial). Como ya se ha comprobado, haya donde no existen directrices y proclamas dirigidos crece y se expanden las prácticas sociales. Se nos dirá que todo es vago y difuso, propio efectivamente de una sociedad posmoderna sin grandes asideros, pero sabemos que los más sólidos cimientos estriban, no en dogma alguno, sino en la defensa de la libertad y la solidaridad. Desde esos rasgos libertarios, que se concretan en la asociación libre y voluntaria, basada en el apoyo mutuo, se comprende bien la complejidad de lo real. Un complejidad permanentemente encorsetada por los promotores de la identidad cerrada y homogeneizadora.

El anarquismo, a pesar de ser expresado a menudo como ideas, no es tampoco ningún ideal, que precisamente ignora esa complejidad de la realidad humana y pretende que se adapte a él cual lecho de Procusto. Efectivamente, el anarquismo se posiciona en contra de todo modelo unitario de la realidad (e, incluso, de la racionalidad). La realidad humana, lejos de estar condicionada por dogmas, ideales o abstracciones, está formada por singularidades vinculadas a espacios y tiempos muy concretos. Es por eso que siempre se ha negado a Dios, lo mismo que a cualquier trasunto terrenal del mismo, al igual que rechaza cualquier delirio metafísico. Si otras ideas han insistido en la adaptación de la práctica a la teoría, el anarquismo considera que todo es movimiento y acción, unas determinadas condiciones de posibilidad libertaria en la realidad humana. Ética, decisión personal, y política, actividad social, fusionadas, aunque no siempre proclives a las ideas libertarias. Nadie dijo que el anarquismo fuera el camino con menos esfuerzo, aunque encuentre enormes y suficientes momentos de satisfacción para moldear la realidad.

Se puede, obviamente, ser anarquista de múltiples formas, incluso aparentemente opuestas, todos enfrentadas al poder entendido como dominación. Un poder que pretende ordenar, crear espacios objetivos, definidos y cerrados, algo impensable para el anarquismo, que observa la realidad como algo vivo y dado para la libertad. Se nos dirá que la realidad contradice tantas veces esa visión libertaria, pero precisamente pensamos que no hay determinismo alguno, ni en la condición humana, ni en la praxis social. El ser humano cede, en gran medida, ante la presión del contexto social, pero este es por descontado susceptible de ser cambiado. Los humanos somos, también, activos y creativos, por lo que podemos desarrollar nuestra potencialidades gracias a una comunidad social que lo promueva. El anarquismo, a diferencia de la ideología oficial, rechaza el atomismo del individuo, su aislamiento e insolidaridad, condición que le desprovee de herramientas para desarrollar sus mejores potencialidades o que le entrega, con facilidad, a causas ajenas. Si el anarquismo niega todo esencialismo en la condición humana, también sabe que la misma está ligada y determinada por los paradigmas sociales. Es algo que, de cara a la realidad que a veces padecemos, conviene no olvidar y mantener, todo lo lúcidamente que seamos capaces, el análisis libertario.


Capi Vidal

lunes, febrero 5

Slaughterbots (tecnología asesina)

Los poderes fácticos tienen en la tecnología una extraordinaria y terrible herramienta con la que aumentar su control sobre nosotros. Una herramienta destinada a proteger y ampliar su poder y su riqueza a expensas de la sostenibilidad, la justicia y la igualdad. El poder, la codicia y la guerra se encuentran entre los principales impulsores de la tecnología actual, lo que a su vez abre la puerta a un mundo aterrador que escapa cada vez más al control de la gente. El siguiente vídeo nos muestra una imagen de pesadilla, la más sofisticada tecnología en manos de los poderosos.

No sé cuán lejos podremos estar de este escenario o si es ya una realidad, pero no tengo duda alguna de que hay quienes trabajan tenazmente para alcanzarlo.

Sólo la gente puede evitar que esto se convierta en realidad. Una razón más, y urgente, para que nos unamos y derribemos este sistema de locura que es el mundo capitalista de hoy. No creo que dispongamos de mucho tiempo, estoy seguro de que el punto de no retorno está muy cerca.


viernes, febrero 2

Estatismo y tecnología


El Estatismo (o el Capitalismo en su forma actualizada) como religión, se aceptó a partir de la creencia en el crecimiento, el desarrollo y la modernización de las condiciones (materiales) de vida de la sociedad, no obstante, el precio que pagaron nuestros antepasados y que estamos pagando nosotros en toda su dimensión social, de las que han derivado las guerras más destructivas por el control de los recursos naturales y la concentración de riqueza que han provocado la mayor miseria ética y material (corrupción y engaños) debido a la industrialización y a la técnica desarrollada e implantada durante el siglo XX para contrarrestar la supuesta pobreza y el "atraso" de las sociedad rural ha sido y está siendo muy caro en general; destrucción y contaminación para el posterior control de la Naturaleza, control del ser humano a partir de la tecnología, guerras de rapiña, conflictos sociales, terrorismo, caos, confusión, manipulación de los medios de comunicación masivos, miedo y temor en todas sus manifestaciones como sentimiento de sometimiento a un poder "invisible" que escapa a nuestro entendimiento.


El fetichismo por la tecnología constituye una forma de vida alienante en la cual el individuo se sumerge en el encapsulamiento de la vida privada. Que lo sustrae de la realidad en la que vive para que pueda evadirse de los conflictos y problemas que derivan de la guerra permanente que genera el sistema capitalista.

La tecnología ha sido concebida para la acumulación. No es neutra o no significa necesariamente que pueda ser usada para bien o para mal (lo que puede suceder en algunos casos y no en todos, ahí radica el engaño) como la inmensa mayoría cree.

Es un fin en sí misma y no un medio. Es totalizadora y totalizante en cuanto pretende el control absoluto de la Naturaleza y el ser humano. Este control que la tecnología ejerce sobre el individuo y el mundo en sí, se proclama en aras de la seguridad para crear un dispositivo que refuerce la confianza que se deposita en el Sistema.

La fe ciega en el Sistema se transforma en una adhesión a éste a cambio de seguridad. La libertad del individuo y el colectivo es restituida por el control y el dominio tecnológico. Sus vidas ya no les pertenecen, éstas pertenecen a la gran máquina del Estado y el Capital.

El individuo es absorbido por el Sistema que lo convierte en una pieza más del engranaje de la máquina. Se transforma en un ciudadano o súbdito más que acaba consolidando y perpetuando la dominación.

* La seguridad absoluta no existe. La seguridad relativa es administrada por la gran máquina según sus conveniencias e intereses. Todo dependerá del contexto en el que se halle cada sociedad y el destino que decida la élite de poder para aquella.


martes, enero 30

Quiero tener mi tumba...

Quiero tener mi tumba
lejos de los campos santos,
donde blusas blancas no haya
ni panteones dorados.

Quiero que a mí me entierren
lejos de esos lugares falsos
donde la gente al año viene
a depositar sus llantos.

Quiero que a mí me entierren
arriba en el monte alto,
junto a aquel pino grande
que sólo está en el barranco.

Mi tumba quiero que esté
entre dos piedras de canto,
compañeros míos han de ser
pintadas culebras, verdes lagartos.

No quiero que a mi entierro vengan
curas laicos y romanos,
y las flores han de ser
un manojo de punzantes cardos.

Tampoco quiero que vengan
a decir discursos y salmos,
con banderas y oropeles,
vicio del mundo civilizado.

Para discursos los graznidos
de los cuervos y los grajos,
el aullido del zorro viejo
cuando ciego es abandonado.


Ramón Vila Capdevila (Caracremada). Maquis anarquista catalán

sábado, enero 27

Anarquía versus democracia


Es relativamente frecuente encontrarse con algunos autores o componentes del movimiento libertario que equiparan la anarquía con la democracia. Según este punto de vista la anarquía, como escenario resultante de la revolución social que pone fin al Estado y a la propiedad privada, constituye un orden en el que las funciones de gobierno que antes eran desempeñadas por personal especializado en los órganos estatales son asumidas por la propia sociedad, de tal modo que las decisiones son tomadas de forma directa por sus integrantes, normalmente reunidos en asambleas o foros públicos. Esta es la denominada democracia directa para diferenciarla de la democracia parlamentaria o representativa. Sin embargo, la democracia como sistema político y social responde a una tradición ideológica y política que tiene un origen muy concreto que difiere en muchos aspectos de los postulados libertarios, lo que indudablemente afecta a los resultados a los que dan lugar en cada caso.

No es cuestión de establecer una genealogía de la democracia dentro de la teoría política ni de la historia de los sistemas políticos, sino que es suficiente con establecer aquellos rasgos que la caracterizan y que la distinguen de la anarquía, lo que en último término ayuda a dilucidar lo erróneo que resulta equiparar a esta última con aquella. Así pues, en primer lugar hay que apuntar que la democracia, en su acepción teórica y práctica, es el gobierno de la mayoría, lo que ya deja bastante claro la profunda divergencia que este sistema alberga en relación a la anarquía. Por este motivo la democracia es, por principio, la negación de la libertad. En esencia la democracia no es otra cosa que un despotismo de las mayorías en el que la fuerza del número hace que estas se impongan por sí mismas, lo que en última instancia conduce a la primacía de lo puramente colectivo en perjuicio de la esfera individual que es completamente eliminada. El sujeto directamente no existe porque es la voluntad de la mayoría la que concentra de un modo unitario y centralizado la capacidad decisoria, al mismo tiempo que esta es extendida a todos los ámbitos.

Si tenemos en cuenta a uno de los principales referentes ideológicos modernos de la democracia, Rousseau, nos percataremos en primer lugar de la ausencia del sujeto en su pensamiento político debido a que consideraba que todo cuanto estuviera fuera de la comunidad no merecía ser tomado en cuenta. La comunidad, o más concretamente el pueblo, lo abarca todo. Rousseau se opuso a cualquier noción de individualidad en la medida en que construyó su particular filosofía en oposición al individualismo de su época, y que se fundaba en la consideración del egoísmo racional como algo moralmente bueno. Rousseau, en cambio, se basó en la existencia de sentimientos comunes como base de la existencia de un vínculo entre los integrantes de una comunidad, con lo que la moralidad de la persona es inevitablemente la del grupo. Se trata de una moralidad que enseña siempre la sumisión al grupo y la conformidad con la voluntad del mismo. Indudablemente este planteamiento deja muy poca libertad personal dado que el individuo prácticamente no cuenta nada. La comunidad es, entonces, el valor moral más alto hasta el punto de que fuera de ella no hay nada moral, pues de ella los individuos obtienen sus facultades mentales y morales gracias a las que llegan a ser humanos. Además de esto la comunidad, al fundarse en un vínculo real que une a sus miembros, constituye una “persona moral”. De esta forma posee una voluntad que, según Rousseau, es la voluntad general que tiende a la conservación y bienestar del todo y de cada una de las partes, al mismo tiempo que es la fuente de las leyes, y constituye de esta manera la norma de lo que es justo o injusto. Esto hace que sea la voluntad general la encargada de regular la conducta de los miembros de la comunidad.

De todo lo anterior se deriva una noción de la comunidad en la que sus integrantes no tienen derechos contra ella. Esto se debía a que Rousseau rechazó la idea del estado de naturaleza que otros filósofos de su época defendían, con lo que el sujeto viene al mundo en una sociedad que no ha creado, que le preexiste, y que además se funda en un sentimiento común de sus miembros. Por tanto, según este punto de vista, no hay ningún individuo fuera de la comunidad, y lo que el individuo es se lo debe a la comunidad a la que pertenece. La voluntad general es la que ejerce la dirección de toda la comunidad. De hecho Rousseau sintetizó esto al afirmar que “cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y recibimos en cuerpo a cada miembro como parte indivisible del todo”.[1] El sujeto se disuelve en la comunidad que a través de la voluntad general dirige a sus integrantes. La preeminencia de la comunidad es tal que es gracias a ella que el individuo es humano. Pero lo importante aquí es que la voluntad general representa un hecho único respecto a la comunidad, es decir, que esta tiene un bien colectivo específico. Por decirlo de alguna manera la comunidad vive su propia vida, realiza su propio destino y sufre su propia suerte. La comunidad es, entonces, superior a la suma de sus partes al tener una voluntad propia que es la voluntad general que opera como una fuerza universal y coactiva que mueve y dispone a cada una de las partes del modo conveniente al todo. Cualquier derecho que pueda existir sólo puede darse dentro de la comunidad, de forma que el derecho de cada particular está siempre subordinado al derecho que la comunidad tiene sobre todos.

La comunidad es la que decide y determina la extensión de la esfera individual y con ello los derechos de los que eventualmente pueda disfrutar el sujeto. Los derechos y libertades individuales resultan ser una concesión sujeta a la tutela de la comunidad que es la que, por medio de sus leyes y convenciones, se ocupa de regularlos conforme al bien general que la voluntad general se encarga de determinar. Por tanto, y según este razonamiento, no existen derechos inviolables frente al bienestar general, y en última instancia no existen en absoluto derechos y libertades individuales ya que no serían otra cosa que una limitación de la voluntad general cuando esta última es considerada absoluta, sagrada e inviolable. Así las cosas, la voluntad general no admite oposición, lo que conduce directamente a utilizar la coacción contra quien se niegue a obedecerla, algo que Rousseau consideraba que era una forma de obligar al individuo desobediente a ser libre. Entonces, la coacción, según este punto de vista y su consecuente razonamiento, no es coacción como tal ya que cuando un hombre quiere individualmente algo distinto de lo que el orden social le da únicamente desea su capricho, con lo que no sabe en realidad cuál es su propio bien ni cuáles son sus propios deseos. En el fondo se trata de una mera restricción de la libertad que es presentada como un modo de aumentarla, al mismo tiempo que la coacción no es presentada como coacción al afirmar que con ella se hace el bien general. La consecuencia de todo esto, como ya se ha dicho, es el sometimiento completo del individuo a la comunidad hasta el punto de llegar a eliminarlo cuando sus convicciones son contrarias a las convicciones de la sociedad. La tendencia de la democracia es, entonces, la búsqueda de la unanimidad, lo que va en claro perjuicio de la individualidad y de la diversidad.

El individuo es, entonces, un apéndice de la comunidad al ser esta la que determina la esfera del juicio privado. El pueblo como cuerpo es soberano, mientras que el gobierno es un órgano que tiene poderes delegados que le pueden ser retirados o modificados según la voluntad general. La democracia, en este caso directa, es ejercida por el propio pueblo en asamblea debido a que su soberanía no puede ser representada sin que con ello se incurra en una usurpación o suplantación del pueblo. Pero la capacidad legislativa del pueblo es, tal y como acaba de ser expuesto, ilimitada al tener la capacidad de intervenir en la esfera individual y de determinar su extensión, al mismo tiempo que su voluntad general es inapelable, de tal manera que exige obediencia. Por todo esto la democracia resulta ser un despotismo de la mayoría que es la que determina la voluntad general. De este modo la voluntad de la mayoría se convierte en ley que se hace efectiva al estar provista de la fuerza necesaria para aplicarla a quienes la desobedezcan. Todo esto es lo que hace que la democracia sea en último término un sistema de votaciones en el que los individuos, reducidos a la condición de simples números, desarrollan dinámicas de mayorías y minorías, de ganadores y derrotados, con la correspondiente competición en la que lo que prima es la fuerza del voto y donde la argumentación y el razonamiento sólo sirve como elemento justificativo de estas sucesivas correlaciones de fuerzas entre mayorías y minorías.

La obligatoriedad de las decisiones de la voluntad general gracias al respaldo de la coerción, unido a la omnipotencia de las mayorías, es lo que anula cualquier libertad y autonomía individual. Esto es lo que hace posibles situaciones como aquellas en las que una mayoría impone su particular idea religiosa con la que priva a una minoría de su libertad al ser obligada a hacer una contribución para suplir los gastos de unas rogativas en cuya eficacia no cree. Igualmente cuando la mayoría se declara como patriótica e impone democráticamente a la minoría la obligación de verter su sangre por una causa que le es completamente desconocida. Lo mismo ocurriría si la mayoría se mostrase partidaria del sistema capitalista y con ello despojase democráticamente a la minoría disidente de su libertad económica al ser sometida a una relación de explotación. La democracia implica la obligatoriedad del cumplimiento de las decisiones adoptadas por la mayoría, y esto conlleva, a su vez, la existencia de un poder ejecutivo y de unos mecanismos de coerción con los que forzar la voluntad de los disidentes que componen las minorías. Así pues, las democracias no conocen ningún límite para el ejercicio de la voluntad general, y el individuo queda así relegado a la condición de un esclavo de la mayoría que se encarga de dictar leyes, normas y convenciones sobre todo cuanto se le antoje, y a exigir al mismo tiempo la más completa sumisión. Bajo una igualdad formal, que en nada sustancial afecta al terreno económico, el individuo es esclavizado a la tiranía de la mayoría y reducido a la condición de un número incapaz de sustraerse de la influencia perniciosa de la multitud.

Todo lo anterior contrasta con la anarquía y, en definitiva, con los postulados libertarios. En este punto es necesario hacer unas precisiones previas antes de exponer las principales diferencias que manifiesta la anarquía en relación a la democracia, y que son bastante esclarecedoras desde el punto de vista intelectual e histórico. En primer lugar hay que apuntar que los orígenes modernos del anarquismo como tendencia política e ideológica son diversos, pudiendo hacer una diferenciación en dos niveles: por un lado en el plano de la cultura erudita encontramos como principal antecedente del anarquismo en cuanto filosofía política a William Godwin, al que posteriormente le seguirían diferentes pensadores de mayor relieve como Proudhon y Bakunin; y por otro lado, en el plano de la cultura popular, nos encontramos con la práctica social desarrollada por las sociedades primarias en diferentes continentes y de las que habló Piotr Kropotkin en su obra El apoyo mutuo. Estas sociedades representaban de alguna manera un anarquismo inconsciente en la medida en que su forma de organizarse y de vivir se correspondía en muchos aspectos con los principios ácratas, pues en ellas no existían la propiedad privada, la autoridad y tampoco ninguna institución coercitiva, al mismo tiempo que las decisiones solían ser tomadas colectivamente en asamblea. El anarquismo como fenómeno social, político e ideológico de masas moderno ha sido el resultado de una fructífera influencia recíproca entre la cultura erudita, y por tanto las creaciones filosóficas de los principales pensadores que integran la tradición libertaria, y la cultura popular de las sociedades primarias. Esto explica que el anarquismo llegase a ser en diferentes lugares un fenómeno de masas en el que la población encontró en las ideas anarquistas una especial afinidad que guardaba cierta correlación con su modo de vida y de entender el mundo.

En cualquier caso entre las principales diferencias que pueden identificarse entre la anarquía y la democracia son fundamentalmente dos: por una parte la negación del principio de autoridad, lo que implica asimismo la oposición a cualquier forma de gobierno al ser considerada fuente de toda clase de males; y por otra parte el valor e importancia que para el anarquismo tiene el individuo. Respecto a esto último es interesante destacar que el pensamiento libertario se forjó en gran parte a partir de ciertas ideas ilustradas y liberales que tenían al individuo como fundamento de su propuesta filosófica y política. Sin embargo, el anarquismo, además de asumir la idea de la existencia del sujeto con su propia esfera privada y su correspondiente autonomía, fue capaz de integrarlo en la comunidad al considerar que este no puede vivir aisladamente como plantea el liberalismo, que lo presenta esencialmente como un átomo. De esta forma el anarquismo es capaz de concebir al individuo como parte de la comunidad sin que ello suponga su disolución y la pérdida tanto de su personalidad como de su propia esfera privada y de su correspondiente autonomía. El pensamiento libertario no concibe la anarquía como un avasallamiento del individuo por la comunidad, como sin embargo sucede en la democracia, sino que reconoce la importancia del individuo como sujeto provisto de su correspondiente personalidad, al mismo tiempo que lo concibe como parte de una comunidad amplia y diversa en la que cada persona conserva su individualidad. Por tanto, la homogeneización y el colectivismo democráticos, que van contra el individuo al disolverlo en una masa uniforme como resultado de la centralización, no forman parte de la propuesta libertaria.

Por otro lado, y como consecuencia de todo lo anterior, la comunidad, al ser considerada una realidad diversa y plural compuesta por sujetos provistos de su correspondiente individualidad y personalidad, no admite estructuras coercitivas ni de poder que la gobiernen, o que en su caso ejerzan funciones de gobierno en su nombre o bajo un pretexto pretendidamente administrativo. La organización de la sociedad, por el contrario, se funda en una convivencia no forzada de sus integrantes basada en el libre acuerdo y, por tanto, en la voluntariedad. La anarquía, entonces, constituye un escenario en el que el ámbito colectivo ocupa un lugar específico y limitado a lo puramente imprescindible para hacer posible esa convivencia voluntaria, lo que implica que el individuo disponga de un máximo de libertad y autonomía para el desarrollo pleno de sus facultades y personalidad. Esto es posible en la medida en que la anarquía supone que las decisiones colectivas sean tomadas sobre la base del libre acuerdo, y que este tenga lugar en aquel espacio decisorio que constituyen las asambleas populares.

La anarquía implica, por tanto, una diferenciación entre el ámbito colectivo y el individual, de tal manera que aquello que afecta al conjunto de la comunidad constituye la excepción al circunscribirse a aquellas cuestiones que afectan directamente a la convivencia colectiva. La anarquía limita y circunscribe la esfera comunitaria y hace que el individuo disponga de la máxima libertad, lo que va en el sentido contrario de la democracia que se ocupa, en cambio, de limitar y circunscribir, e incluso anular, la esfera individual en provecho de la comunidad que ostenta así una capacidad máxima para legislar sobre todos los ámbitos de la vida humana incluido, también, el terreno individual. De esta manera en anarquía la comunidad, a través de la asamblea, únicamente decide sobre su propio ámbito mientras que la esfera privada e individual queda al margen de su actividad. Esto es posible en la medida en que los miembros de la comunidad retienen individualmente más de lo que ceden a la propia comunidad.

Asimismo, la limitación del ámbito específicamente colectivo supone, a su vez, una limitación funcional de la capacidad de tomar acuerdos de la asamblea popular que se traduce en una organización social marcada por un mínimo de normas imprescindibles para la convivencia. En tanto en cuanto la anarquía presupone una sociedad compuesta por individuos éticos ello implica que el número de normas que organicen la convivencia sea por necesidad mínimo, y que estas se limiten a ser la expresión de los acuerdos alcanzados en aquellas cuestiones que son de vital importancia para la existencia misma de la comunidad. De todo esto se deriva que una sociedad compuesta por individuos éticos apenas necesita normas, mientras que en aquellas sociedades donde abundan las normas la libertad se resiente. En este sentido la anarquía conlleva una organización mínima de la sociedad, y por tanto plantea una sociedad escasamente institucionalizada, lo que se manifiesta en clara contraposición con el orden estatal que, por el contrario, se caracteriza por su tendencia a establecer una organización máxima de la sociedad que se expresa en un alto grado de institucionalización.

Pero tan importante como todo lo anterior es la forma en la que desde los postulados libertarios se concibe el desarrollo de los procesos decisorios dentro de la asamblea. Mientras que la democracia basa fundamentalmente sus decisiones en la fuerza de la mayoría y, en definitiva, en la fuerza del voto, el anarquismo excluye esta dinámica de mayorías y minorías, de ganadores y perdedores, de vencedores y vencidos, que alienta la competición, debilita la cohesión social y destruye la libertad al basarse en una continua imposición de una voluntad general que es deificada. En contra de los presupuestos democráticos que hacen de la asamblea un espacio de luchas de poder en el que emergen facciones que pugnan por imponerse las unas frente a las otras, en la que hacen su aparición los demagogos de todos los tipos que tratan de embaucar al público al tiempo que traban alianzas en secreto y, de este modo, amañan decisiones, el anarquismo plantea un proceso decisorio completamente diferente. En este sentido el pensamiento libertario, a la hora de abordar la cuestión relativa a las decisiones colectivas, ha manifestado una especial sensibilidad a la importancia y necesidad de mantener la convivencia y la cohesión social al representar valores fundamentales para la existencia de la comunidad. En la medida en que la buena convivencia y la cohesión social son importantes estos sólo pueden alcanzarse a través del libre acuerdo y de la posesión común de la riqueza. Esto significa que los acuerdos se alcanzan no por medio de la imposición de la voluntad de una mayoría, sino que por el contrario son el resultado de un esfuerzo colectivo dirigido a construir consensos que permitan dichos acuerdos. Esto significa integrar las diferentes posturas que eventualmente pueden darse en la comunidad en un acuerdo común eficaz, de tal manera que la decisión resultante sea satisfactoria para todas las partes.

El enfoque libertario de los procesos decisorios en el marco de la asamblea popular implica no sólo la existencia de individuos éticos, sino también una disposición a la colaboración y cierta empatía que permita a cada una de las partes ser capaz de ponerse en el lugar de los demás. Estos factores, sin olvidar el papel que desempeña la existencia de unos valores comunes, son los que hacen posible una convivencia no forzada basada en el libre acuerdo. Todo esto, a su vez, presupone la inexistencia de una autoridad y, sobre todo, de estructuras coercitivas permanentes que eventualmente pudieran servir para imponer las decisiones tomadas. El libre acuerdo supone la participación voluntaria de los miembros de la comunidad en la aplicación de las decisiones adoptadas en la asamblea. Asimismo, el acuerdo es libre en la medida en que se basa en la voluntariedad y en la ausencia de instrumentos de coerción que obliguen su cumplimiento. La ejecución de los acuerdos depende de quienes los toman. De esto se deduce que la comunidad es en última instancia una unión entre diferentes individuos para beneficio de los mismos, de manera que como conjunto no tiene nada que imponer a sus integrantes, con lo que cada individuo tampoco tiene la obligación de aceptar ninguna resolución colectiva que no le convenga o le agrade. Esto es lo que hace que el individuo sea dueño de sí mismo junto a los demás, con lo que se reserva la capacidad de poder desvincularse de decisiones con las que no está de acuerdo, así como la capacidad de abandonar la comunidad a la que pertenece cuando le plazca y poder así integrarse en cualquier otra.

La democracia directa contempla la existencia de funcionarios públicos como secretarios, magistrados, administradores, etc., que representan una delegación de poder limitada y circunscrita a un mandato específico y temporal, susceptible de ser revocado en cualquier momento. La anarquía, en cambio, no plantea nada de esto como una necesidad inherente de la sociedad al descartar por principio la existencia de cualquier tipo de poder ejecutivo, independientemente de la forma en la que este se manifieste y las restricciones a las que eventualmente pueda estar sujeto, tal y como sucede en las diferentes versiones de democracia. Por el contrario, la anarquía constituye el marco general de convivencia en el que cada comunidad elige la forma concreta de resolver las cuestiones organizativas que afectan a la convivencia y a su existencia misma, sin por ello recurrir a la formación de poderes ejecutivos que de un modo delegado operan en el seno de la propia comunidad, y que rápidamente se convierten en una amenaza para la libertad al ser fuente de relaciones de explotación y dominación que desembocan en regímenes opresivos. Asimismo, en un sentido puramente práctico cabe apuntar que es lógico que desde el anarquismo no se contemple como una necesidad la existencia de administradores en calidad de poderes delegados por la comunidad, en tanto en cuanto la anarquía supone una situación en la que el grado de institucionalización de la comunidad es mínimo, lo que se debe sobre todo a su pequeña dimensión y a su escasa complejidad. En este tipo de contexto se hace innecesaria la existencia de cargos que, aún no siendo permanentes, desempeñen poderes delegados. Así, en contraste con la democracia la tendencia en anarquía es a que la comunidad misma reunida en asamblea se ocupe de determinar a quién o quienes les corresponde la responsabilidad de ejecutar los acuerdos tomados en cada caso concreto, e incluso el modo concreto de ejecutarlos, lo que tampoco impide que sea la propia comunidad en su conjunto, de manera concertada, la que se encargue de aplicarlos.

En no pocas ocasiones se dice que la creación de consensos que permitan la adopción de acuerdos es muy difícil, y que esto refleja la imposibilidad de poner en práctica los postulados libertarios en la organización de la sociedad. Sin embargo, tal y como ha sido expuesto, la anarquía es posible en la medida en que se den una serie de precondiciones como las ya señaladas. Así, la anarquía no puede darse en una sociedad como la que impera en la actualidad, pues no existen unas condiciones favorables. Esto es especialmente claro en la medida en que la anarquía no es factible en una sociedad de masas donde la población no se conoce entre sí. Por el contrario, la anarquía, al establecer las decisiones en el nivel más bajo de la sociedad, únicamente puede darse en comunidades locales lo suficientemente pequeñas como para que sus integrantes se conozcan entre sí, y en la que se den lazos de familia, amistad, opiniones o intereses con casi todo el resto. Este tipo de contexto es el que de alguna manera hace que los integrantes de la comunidad sean conscientes de la importancia de las decisiones que tomen, pues tendrán que vivir con las consecuencias que se deriven de ellas.

En cualquier caso la anarquía supone que las decisiones sean tomadas por los propios individuos sin interferir en las decisiones de alguna otra persona. Las decisiones tomadas en grupos pequeños son responsabilidad exclusiva de sus integrantes en tanto en cuanto no afecten a otros. En cambio, cuando las decisiones tienen un impacto más amplio y afectan al conjunto de la comunidad es cuando son tomadas en su ámbito correspondiente que es la asamblea popular. La asamblea, lejos de ser una legislatura o un parlamento, constituye el foro en el que los miembros de la comunidad se reúnen para abordar aquellas cuestiones que son comunes a todos ellos para tomar los correspondientes acuerdos. Se trata de un órgano decisorio al que cualquier vecino puede asistir y en el que nadie es elegido. La metodología que plantean los postulados ácratas hacen que el tratamiento de las cuestiones específicas que son abordadas en la asamblea para tomar acuerdos diste mucho de la dinámica democrática. En tanto en cuanto la actitud general de sus participantes es la colaboración, el ganar no constituye la meta principal. Más bien la importancia dada al compañerismo, la convivencia y las buenas relaciones hacen que lo que se consiga a partir de los acuerdos tomados sea que todos los miembros de la comunidad ganen. De todo esto se desprende que la mecánica decisoria democrática, basada en el voto y que reduce al individuo a la condición de un simple número, tiende por su propia naturaleza a cercenar la convivencia. Por el contrario, la metodología libertaria implica un trabajo colectivo que se desarrolla en la asamblea y que busca la adopción de compromisos mediante la creación de consensos amplios.

Como rápidamente puede deducirse el anarquismo no plantea un único procedimiento a la hora de tomar acuerdos, sino que ofrece un marco general en el que los principios que lo inspiran sirven de guía a la hora de llevarlos al terreno práctico para aplicarlos a cada circunstancia concreta. Por este motivo no pueden obviarse aquellas situaciones en las que inicialmente es imposible alcanzar un compromiso que permita tomar un acuerdo, de forma que existen distintas maneras de abordar una posible solución. Algo relativamente frecuente en este tipo de casos es posponer la adopción de un acuerdo si se trata de una cuestión que no requiere una decisión inmediata. De este modo la comunidad puede reflexionar y discutir el problema antes de otra reunión. Si a pesar de esto no se logra tomar un acuerdo la comunidad siempre puede explorar una forma en la que la mayoría y la minoría puedan separarse temporalmente de tal modo que cada una se lleve consigo su particular preferencia. Cuando las diferencias son irreconciliables sobre una determinada cuestión la minoría siempre tiene dos opciones posibles. Puede ir con la mayoría en esta ocasión concreta y anteponer la armonía y convivencia de la comunidad como un valor más importante que el problema en sí mismo. También cabe la posibilidad de que la mayoría trate de conciliar a la minoría con una decisión sobre otra cuestión diferente. Si todo lo demás falla la otra opción que se le presenta a la minoría es la de escindirse para formar una comunidad separada en la que recrear la anarquía. Si la secesión no constituye un argumento contra el estatismo, sino que obedece a otro tipo de razones, ello no invalida la anarquía como sistema. En lo que a esto respecta hay que reconocer que la anarquía no es un sistema perfecto sino que simplemente es un sistema mejor que los demás.

Como puede verse las diferencias entre anarquía y democracia son considerables, lo que cuestiona abiertamente la equiparación que a veces suele hacerse entre ambas al considerar la primera una forma específica de democracia, catalogada generalmente como democracia directa. Pero a todo lo anterior hay que añadir que la anarquía, como escenario resultante de la revolución social, conlleva una serie de transformaciones que afectan a la totalidad de la esfera humana, y más concretamente a los cimientos de la actual sociedad burguesa y capitalista. En lo que a esto se refiere la anarquía conlleva la formación de una sociedad sin clases en la que existen unas condiciones no sólo de libertad razonable a nivel individual y colectivo, sino también la existencia de una igualdad social que hace que las diferencias en el seno de la comunidad no descansen en la riqueza o en el poder acaparados por algunos de sus integrantes, sino en el desarrollo de sus particulares cualidades personales. En cambio, la democracia, incluso si es directa, no es incompatible con la desigualdad social y por ello mismo con la existencia de una sociedad de clases.

La democracia constituye una reorganización del poder mediante el que las mayorías, que son identificadas con el pueblo y la voluntad general, pasan a ocupar el lugar del Estado. La comunidad pasa a ser un poder mucho más amplio, concentrado, centralizado y robusto en comparación al Estado, pues a diferencia de aquel ya no conoce ninguna limitación en su capacidad legislativa. El gobierno democrático consuma la fusión entre pueblo y Estado, de tal forma que la denominada función pública logra investirse de una legitimidad máxima con el establecimiento de administradores, portavoces, comités, secretariados permanentes, etc., que, aún sin necesidad de desempeñar sus cargos de un modo profesional, conforman un poder en sí mismo por las funciones ejecutivas que llevan a cabo bajo la cobertura de ser meros administradores encargados de aplicar la voluntad general. Pero juntamente con esto la democracia es, asimismo, un régimen amenazante en la medida en que absolutamente todo es susceptible de ser legislado, y consecuentemente de ser sometido al escrutinio, regulación y supervisión de la nueva deidad encarnada por el pueblo y su voluntad general. El carácter centralizador de la democracia, que opera como fuerza centrípeta, ejerce un efecto uniformizador en el que la individualidad es completamente laminada y barrida, de forma que el sujeto pierde toda autonomía y personalidad al quedar supeditado al capricho de la voluntad general de la comunidad. Así se explican los desvaríos del jacobinismo republicano y del Terror, que encuentran en la democracia su expresión más inequívoca como forma de gobierno, tipo particular de totalitarismo en el que el sujeto no existe porque la masa, representada por las mayorías, lo es todo y lo gobierna todo.

Si bien es cierto que la democracia es un significante en disputa al que desde diferentes posiciones ideológicas se le asignan significados distintos, no por ello deja de ser bastante evidente, a tenor de todo lo hasta ahora expuesto, que mantiene una diferencia sustancial respecto a la anarquía. Esto se manifiesta no sólo en el bagaje ideológico que se encuentra detrás de la democracia, con sus correspondientes exponentes intelectuales y sus diferentes realizaciones prácticas, sino que igualmente se refleja en los escenarios tan dispares a los que, de un modo casi inevitable, generan la democracia y la anarquía respectivamente. Por todo esto no resulta nada extraño que los viejos y nuevos movimientos totalitarios hoy se reivindiquen como demócratas, desde la vetusta izquierda a los populismos neofascistas. El poder, de un modo u otro, siempre persigue tener un mayor contacto con la población para disponer de la más amplia base social posible, porque así el poder crece y se robustece, tarea que realiza con notable éxito la democracia. Este sistema de gobierno demuestra ser una simple dictadura de las mayorías en la que al individuo se le asigna la obligación en forma de derecho de ser un esclavo de ellas. La anarquía, por el contrario, es el sueño de quienes están despiertos y persiguen romper ese círculo vicioso del poder que todo lo destruye y pervierte a su paso, porque entienden que una sociedad libre es imposible sin individuos libres.

[1] Sabine, George H., Historia de la teoría política, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 448


Esteban Vidal